Hace tiempo que no anotaba textos en el blog. Pero no he dejado de guardar apuntes. On Looking. A Walker´s Guide to the Art of Observation de Alexandra Horowitz es un libro publicado en el 2013, que cuesta enmarcar en algún género literario, porque tiene algo de ensayo, algo de divulgación científica y algo de libro de autoayuda. On Looking profundiza en una evidencia para aquél que intenta contar lo que ve mientras se desplaza de un lado a otro: la multiplicidad de perspectivas posibles. Mientras que describes algo, desde un punto de vista, te pierdes otro. Ya algo de ello dijo Ortega y Gasset cuando hablaba de mirar una naranja. Y Horowitz plantea un experimento muy interesante. Nuestros sentidos —dice la autora— son bombardeados por multitud de fenómenos y la posibilidad de concentrarnos y de ensimismarnos potencia la ignorancia de aquello a lo que no estamos atentos.
Horowitz se hizo famosa por su Inside of a Dog. What Dogs See, Smell, and Know. Es una psicóloga muy interesada en la cognición canina, directora de un laboratorio de cognición para perros en el Barnard College. Lo que ni impide que este libro sea una muestra de lo que algunos filósofos empiristas denominarían un "estudio de las impresiones humanas".

Horowitz vivía en Nueva York cuando escribió este libro. Realiza, al inicio, una anatomía de de los paseos con su hijo, que recién había aprendido a caminar; para un niño un paseo es tan amplio como la hora que tarda en dar unos cuantos pasos, salir del edificio, llegar un poco más lejos del recibidor ya exhausto y volver al hogar. También explorar superficies, con los dedos, los pies e incluso degustando los lugares con la lengua. La confusa e inestable atención del niño es una forma de paseo sinestésico, un conjunto de inmersión sensorial poliédrica y aparentemente desorganizada. Ese es el primer paseo de Horowitz, que luego incorpora otros más al repertorio, de paseos cortos con diversos cicerones.
Por ejemplo, cuenta sus vueltas con el geólogo Sidney Horenstein quien le explicará sobre la naturaleza de los adoquines o el asfalto que pisan. Este último material no es menos interesante, porque contiene reliquias minerales y biológicas, pues es un derivado del petroleo. Será la vía Horenstiniana, la que piensa en lo que está debajo del suelo que pisamos. Pero también lo que hemos hecho desde allí: los edificios (las gigantescas rocas que hemos construido), y que revelan una ciudad menos artificial de lo aparente. Las piedras de los edificios es natural, y está conectada con la vida misma, porque las rocas sufren la edad, tienen venas, arrugas, y sirven a todo tipo de seres vivos. Y de esa manera los rascacielos se conectan con el viento, la lluvia, el clima. La suciedad, el óxido añejan las casas, que se cubren de hiedra, se rajan y que algún día terminarán disolviéndose otra vez en el suelo.
En el siguiente capítulo la mirada estará sesgada por Paul Shaw, un tipógrafo que ha creado fuentes, las estudia e incluso ha viajado como guía de un tour por Italia que se fijaba en la tipografía antigua y medieval, sin desdeñar los grafitis actuales. En Nueva York hay letras por doquier: en las tiendas, los coches, las calles. Tal como las habían en la antigua Roma o en Pompeya. Letras por doquier. Y las letras se autoexplican, debido a su diseño. En Nueva York las fuentes influenciadas por el Art Deco y el arte moderno indican las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado. No se ven muchas Sanserif Gothic de finales del siglo XIX. Un letrero que dice "PARK IN AUTO SERVICE" indica, por el tipo de letra, que fue hecho cerca de los años cuarenta.
Un nuevo paseo, esta vez guiada por Maira Kalman, ilustradora. Una especialista de lo consuetudinario, admiradora de las esquinas, desde dónde —ella dice— todo puede sorprenderte. Kalman recomienda detenerse y ver la gente o las cosas durante un tiempo determinado, más de media hora, como si se tratara de repetir el mismo nombre varias veces, hasta que te resulte extraño. La mejor forma de encontrar ese nuevo sentido es pasear por un lugar conocido, con alguien que nunca lo haya visto.
De la mano de Charley Eiseman, un naturalista, la autora explorará los minúsculos hábitats de los insectos en Springfield, Massachussetts, en donde descubre mariposas, arañas u hormigas en medio de la ciudad. En Nueva York, otra vez, esta vez acompañada de un científico de nombre John Hadidian que se especializa en los comportamientos animales, hablarán de ardillas y de otros seres que pueblan la ciudad. Los mapaches, por ejemplo. Pero también las palomas, los halcones, los estorninos o las ratas. Una gran cantidad de animales pueblan nuestras ciudades, son también sus habitantes.
A otro de sus guías le interesa el espacio urbano, lo que se usa y lo que no. Es Fred Kent, fundador de Project for Public Spaces (PPS), quien inspirado por el sociólogo William Whyte estudió el comportamiento de las personas en relación con los lugares citadinos. En este paseo se muestra sobre todo el mobiliario urbano, los vendedores ambulantes, los escaparates. Los estudiosos del movimiento humano en la ciudad ven "pelotones" de personas que caminan en dirección a otras, generadores de multitudes o diversas formas de movimiento urbano. La autora no sabía que hay un nuevo tipo de peatón, el que habla por teléfono. Estas personas inciden en los flujos de los grupos de viandantes, porque cambian su percepción del espacio personal, y rompen las normativas peatonales. Otros son peores, los que miran sus pantallas, porque se ensimisman, y son un peligro para ellos y para los demás.
Para un médico, un paseo puede ser una forma de diagnóstico al vuelo, en donde los demás paseantes son proovedores de información clínica como tics, color de las mejillas, pupilas, los dientes, las uñas... la forma de caminar también revela la salud del otro, su manera de pisar, de subir escaleras. En este caso el doctor Lorber, que acompaña a Horowitz en Filadelfia le sugiere muhas de estas deducciones sobre las personas que ven mientras dan una vuelta por la ciudad. Estas deformaciones profesionales generan perspectivas muy específicas.
Uno de los capítulos más interesantes es el del paseo bajo la guía de Arlene Gordon que es invidente. Arlene es capaz de sentir los toldos que hay en ciertos edificios neoyorquinos, por el sonido que reberbera diferente debajo de ellos. También es capaz de saber si ha llovido, si hay un edificio cerca por el sonido de los pasos (o las patas de su perro) sobre la acera. O siente el viento cerca de los callejones, de manera que sabe cuando un edificio termina. A veces, sobre una moqueta se siente perdida, porque no oye nada. Las personas invidentes son capaces de procesar mapas cognitivos de los espacios mucho más rápido que alguien que ve. Además estos mapas se interconectan, mientras que las personas que pueden ver, suelen olvidarse de muchos detalles sensoriales de estos lugares.
Un paseo de la mano de un ingeniero de sonido le permite a Horowitz escuchar la diferencia de las ruedas sobre el asfalto mojado, la diferencia entre una motocicleta ruidosa, que emite mñas de 100 decibeles del rumor de un coche normal. Los ruidos y los hercios, las altas frecuencias que pueden dañar el oído humano y que también están presentes en la ciudad. Pero también las gotas de agua callendo sobre los tejados, las voces de los niños jugando en el parque, las pelotas botando en el campo de baloncesto, otros paisajes.
El último de los capítulos versa sobre el paseo de la autora con su perro. La capacidad olfativa de los perros, sigue maravillando a Horowitz. La diferenciación entre el olfato de los perros y el de los seres humanos es una manera de entender los sentidos. Los cientos de millones de receptores que un can tiene en su nariz y que le permiten distinguir, entre otras cosas, no sólo la orina de los demás perros en la calle, sino también en qué situación se encuentran. Y que demuestran que hay olores que no somos capaces de percibir. El perro recuerda a la autora los paisajes aromáticos de su niñez, el olor de las ceras, de los libros o de un coche nuevo.
Un libro interesante, quizás para valorar más los sentidos, las impresiones, para no aburrirnos aunque realicemos los mismos trayectos. Un recordatorio de que somos animales sensoriales.