Hace tres años publiqué una entrada sobre un libro de Cees Nooteboom, quien falleció a inicios de este febrero, a los 93 años de edad. Aunque fue un ciudadano del mundo, vivió a caballo entre Amsterdam y Sant Lluís (Menorca).
Sus obras, sobre todo las viajeras, destilan precisión, curiosidad y un constante sentido del humor. Alguna vez fue considerado para el Premio Nobel de literatura, lo que indica su fama literaria, aunque la brújula del Nobel es curiosa. Lo cierto es que si no fue un escritor total, como se decía de Quevedo, casi lo era. Se atrevió con la poesía (que consideraba la clave de su escritura en prosa), con las novelas, con una obra teatral y especialmente, con la literatura de viaje. Aquí cuelgo algunos estractos de su Lluvia roja:
«Ésas son las típicas circunstancias en las que la gente decide emprender un viaje con la idea de "dejarlo todo atrás", una huida que carece de sentido, por supuesto. Uno no deja nada atrás, se lo lleva todo consigo. Le pongas el nombre que le pongas a esa sensación —estrés, pena, agotamiento...— ella vuela contigo en el asiento de al lado, reside en tu maleta y baja contigo del avión en el J. F. Kennedy. Eso sí, no tendrás que declararla en la aduana, dado que no eres consciente de que te acompaña.»
(Pseudo infarto precoz)
«Fue entonces cuando se inició la extraña relación entre mi espalda y yo, muy similar a una relación de pareja por los reproches continuos que me lanza. Todo lo hago mal. Me he equivocado de profesión. Me paso demasiado tiempo viajando en avión. (Espalda: ¿Qué narices haces ahora en Los Ángeles? ¡Doce horas inmovilizado en un asiento!) Leo mucho. (Espalda: ¡Siéntate al menos recto!) Hago viajes que no le interesan nada. (Espalda: ¡No quiero volver a subir ochocientos escalones de un templo japonés y menos aún bajarlos!)»
(La espalda del viajero)
«Llegué a la estación a las seis de la mañana. Hacía frío. En el puerto sonaba aún la sirena de niebla, a mi alrededor había gente leyendo el diario matutino, casi nadie hablaba. Pedí una taza de té sospechosamente negro. Durante la transacción, el hombre, sorprendido de que no quisiera leche en mi pócima letal, se dirigió a mí llamándome Love y luego Dear. Como yo ignoraba aún que tales apelativos cariñosos eran de uso general y por tanto no significaban nada, me sentí como en otro mundo, un mundo en el que se me apreciaba mucho. Así que fue amor a primera vista lo que me inspiró Inglaterra, un amor que conservé durante largo tiempo.»
(Rembrandt Hotel)
«Ahora que lo pienso me doy cuenta de que en la vida el hábito es el peor enemigo del placer. Viajar en cambio es excitante, nos aporta la emoción de la novedad y esa cauta desconfianza con la que uno se mueve en un ambiente extraño.»
(Rembrandt Hotel)
«[...] llegamos a casa es de noche, pero no nos importa, pues en realidad no queremos ver nada todavía. Este es, cada año, el momento de mayor suspense. ¿Habrá venido el carpintero? ¿Y el pintor? ¿Se habrá ocupado el jardinero de lo que le encargamos? ¿Funciona el teléfono? La respuesta es cuatro veces no. Las contraventanas no han sido pintadas. No han arreglado la puerta. No han talado el viejo árbol. Y el teléfono no funciona. En la casa de los vecinos no hay ninguna luz encendida. Pero Venus aparece en el cielo seguida por un regimiento de estrellas. También aparece el ave nocturna de siempre con su reclamo lejano y melancólico. EI alcaraván, la lechuza, todos presentes. Todo está en orden, aquí sí. Son las personas las que no son de fiar. Entonces aparece Leonor, la gata de Pep, que ha reconocido el sonido del coche.»
(Gallina)
